miércoles, julio 22, 2009

Encuentros y desencuentros con el Parnaso Español

El Parnaso, pintura al fresco de Raffael Sanzio

Cuando llegué a Madrid, lo primero que me sorprendió fue que en las tertulias literarias se hablara de todo menos de literatura. Las reuniones en el Café Gijón, Casa de América, Círculo de Bellas Artes, Casa Encendida, predominaba más el intercambio de tarjetas, las conversaciones superficiales, las risas forzadas, en fin, las componendas. Por eso, cuando empecé a dar mi opinión en esos centros culturales sobre determinados temas considerados “Tabúes” en la península, no me sorprendió que me ganase la fama de iconoclasta.

En Sudamérica, hay una tradición de ruptura en el pensamiento que se manifiesta cuando en las tertulias se discute con pasión las ideas, muchas de las cuales acaban en peleas a puño limpio o simples encontronazos verbales. Sin embargo, a veces uno se vuelve amigo de sus más encarnizados rivales. Una vez, un antiguo antagonista me dijo: “Mae, nos hemos peleado tanto que somos ya como hermanos”.

A Raúl Rivero lo conocí en una conferencia sobre Cuba en Casa de América y yo tuve una opinión particular sobre la realidad de ese país, lo cual no impidió más adelante tener una amable amistad con Rivero. Ya hable anteriormente de la polémica que tuve con Felipe Benítez Reyes. Pero he hablado poco de mi desencuentro con Arturo Pérez Reverte y Mario Muttcnich en el Centro de Arte Moderno de Madrid. Presentaba su libro Mutcnith, y Reverte era su comentarista. Muttcnich, en un momento dado, despotricó contra Rubén Darío, entonces hice una cerrada defensa de Darío, que obligo al erudito y cultísimo Mutnith tragarse sus palabras y rectificarse en público. Me imagino que hasta ahora no me lo perdona su vanidad porteña. Al finalizar la conferencia hable, con Reverte de la nueva movida madrileña literaria que se estaba creando en Malasaña, y él, en plan chulo, me dijo que pasaba de los ambientes literarios. Luego, me pregunto si había leído algunas de sus novelas y yo le dije que sí. “¿Qué te parecieron?” Me dijo y yo le conteste lapidario: “Tus novelas son unas postales de turismo”. El se quedo tan atónito que no dijo nada, y se fue con el rabo entre las patas. Lo siento, soy un bárbaro ilustrado.

También me pasó algo similar con Chus Visor, el cual decía que no le gustaba Vallejo y por eso no lo había publicado en su editorial. Yo le dije que su criterio poético era cuestionable, por decir lo menos. No gustarle Vallejo y publicar a Sabina como poeta me pareció un sacrilegio. Yo envié un mail a todos mis amigos poetas de España explicando mi indignación ante este hecho. Empero, Chus ha rectificado y ha publicado a Vallejo. Algo similar, pero diferente, me paso con Antonio Huerga, el editor de Huerga y Fierro, quien me señalo en un mail los motivos por los cuales hay tantos requisitos para invitar a Leopoldo María Panero, lo cual, luego de su detallada explicación, entendí. Esto a propósito del singular encuentro con Leopoldo María Panero en la feria del libro de Madrid.

Falta mencionar mi breve encuentro con Caballero Bonard y Gamoneda. Con Bonard solo intercambiamos pocas palabras. El poeta está muy mayor y achacoso para que yo le diga lo que verdaderamente pienso de su poesía. No quiero ser culpable de ningún infarto. Con Gamoneda, cuyo encuentro lo relate en un anterior post, debo aclarar algo, me convenció como poeta aquella noche que fui a su lectura. Pero sigo pensando que no ha llegado a ser un genio o un iluminado como lo son Leopoldo María Panero o Carlos Edmundo de Ory. Quizás nunca llegue a ese nivel, y esa amargura la pague atacando a Benedetti.

Cuando dije que la llamada “Nocilla Experience” era un invento marketero de un grupo de jóvenes narradores sin mayor talento, recibí decenas de mails- por supuesto de algunos de ellos- con un abanico infinitos de insultos. Siempre he tomado los insultos como condecoraciones a la sinceridad de mis opiniones. Cuando no se lleva la razón, a los ignorantes sólo les queda el insulto.

Sin embargo, reconocidos escritores españoles han sido muy generosos conmigo. Por ejemplo Juan Goytisolo, al cual siempre le estaré agradecido por un favor especial que me hizo en su momento. José Ángel Mañas, que se da tiempo para conversar un rato conmigo cuando tiene una presentación y coincido con el. El poeta y critico Jaime Siles –que me escribió el prologo a mi último libro- quien ha sido y es un buen amigo. O poetas con los cuales tengo una relación cordial y tienen amables palabras sobre mi persona y mis textos, como Luis Antonio de Villena, Juan Carlos Mestre, Enrique Gracia Trinidad y Ángel Guinda. Hasta ahora me resulta increíble pensar que Ian Gibson haya oído hablar de mí y me haya reconocido por mi seudónimo.

A veces conozco poetas en las situaciones más inesperadas. En mi cumpleaños, que celebraba con amigos en la librería El Bandido Doblemente Armado, conocí de casualidad a Ana Rossetti, la cual estaba a una mesa de nosotros, la incorporamos espontáneamente a nuestra peña y se tomo unas copas con nosotros al enrumbar luego al bar Bukowski. Rossetti decía que el Bukowski era antes un lugar clásico –con otro nombre que no recuerdo- durante la movida madrileña.

Pero retornando a los desencuentros, no voy a narrar todos en los que he estado enfrascado, por que sería oneroso relatar. Algunas amistades en plan irónico me dicen: “¿con quién no te has peleado Leo?”. Pero es que no soporto a los que van de Guay diciendo que saben literatura y sus opiniones sólo se reducen al gusto y no a un mínimo rigor en el análisis literario. Peor aún son los divos que van repitiendo el mismo discurso poético soporífero de sus primeros libros. Sólo mencionaré un desencuentro de estos: Una vez se organizó un homenaje a Carlos Oquendo de Amat en Casa de América, evento en el cual el embajador y el agregado cultural del Perú, dijeron tantas sandeces que hasta terminaron por decir que Amat había nacido en 1927 -5 metros de poemas fue publicado ese año-. Entre otras joyitas. Esto sin comentar que los profesores de la facultad de letras de la Universidad Complutense decían que Amat era un poeta puro, sin ninguna relación con la poesía social; ante lo cual, yo, indignado, cuando me tocó el turno de disertar -ya que estaba invitado- dije que si Carlos Oquendo de Amat estuviera vivo mandaría a rodar a todos los que habían hablado gillipolleces sobre él. Y tuve que improvisar una mini conferencia sobre el creador de los 5 metros de poemas, para dar a entender su verdadera propuesta poética. Termino leyendo varios de sus poemas. Me fui entre aplausos. Pero el moderador empezó a encararme públicamente. Así que opte por levantarme e irme en son de protesta. Desde esa vez, mi embajador y los organizadores de ese homenaje han iniciado el deporte de tirar dardos sobre una foto mía.

Este 2009 me he ido alejando de las presentaciones y recitales, y por lo tanto, de las tontas conversaciones de bar. Me he ido alejando del ruido vacuo de los blogs para concentrarme en mi nuevo poemario y mí novela sobre Madrid. A veces uno tiene que dejar el Parnaso para refugiarse más en el cuarto del creador.

2 comentarios:

Marina Centeno dijo...

Despues de vivir lo vivido y escuchado lo escuchado...el silencio es una buena costumbre...

Saludos.

Leo Zelada Grajeda dijo...

Así es Marina. El silencio es otra forma de lenguaje.

Saludos.