martes, noviembre 24, 2009

El otro Vallejo por Leo Zelada

César Vallejo en un brindis sonriendo en París

Escribir sobre Vallejo es referirse a uno de los más importantes poetas del siglo XX y al gran renovador del lenguaje poético en Hispanoamérica. Su obra literaria, compleja y diversa, despierta en los últimos tiempos miradas que algunas veces reiteran lo ya avanzado hace décadas. Algunos lo presentan como el poeta del sufrimiento y del dolor, y otros resaltan el compromiso y la solidaridad. Sin embargo, también existen otras claves para interpretar al gran poeta. Una de ellas, como nos muestra el siguiente artículo, es la presencia de la ironía.

El otro Vallejo

César Abraham Vallejo Mendoza nació en Santiago de Chuco (Perú) el 16 de marzo de 1892 y falleció en París el 15 de abril de 1938. Al principio fue el verbo no es una frase que se ajusta de manera feliz en su caso. Su primera vocación fue la medicina, y luego acabaría definiéndose por la literatura. En este breve artículo, quisiera tratar algunos aspectos que me parecen importantes en su tarea creativa. La primera es la de experimentación de las nuevas posibilidades de las estructuras y la de construcción del lenguaje que se dio en su segundo poemario titulado Trilce, publicado en 1922, y la segunda, el uso de la ironía como soporte esencial de su poesía. En 1919, Vallejo publicaría su primer poemario Los heraldos negros, con clara pero original influencia modernista. Este libro rápidamente logró la sui generis aceptación tanto de la crítica como del público lector, haciendo del autor el más prometedor vate de su generación. Pero la búsqueda de nuevas formas de comunicación en Trilce, a través de un retorcimiento en la sintaxis, un ordenamiento del lenguaje aparentemente hermético e inclasificable, en que el idioma tradicional parece destruirse en cada párrafo, inexorablemente hizo que este libro cumbre de la vanguardia latinoamericana y global, sólo comparable en la aventura de la destrucción del lenguaje, con la novela Finnegan's Wake de James Joyce, fuera inicialmente rechazado. Incluso hoy, con toda la parafernalia de la teoría posestructuralista, no es correctamente interpretado por muchos estudios, los cuales caen en lugares comunes y se restringen a una visión unilateral y mecanicista de su poesía. En realidad, el profundo sentido humanístico de su poética trasciende el mero discurso racional. Bastará, sólo para corroborar esta afirmación de la falta de acierto al tratar de estudiar su propuesta estética, las propias palabras de Vallejo: "Todos sabemos que la poesía es intraducible. La poesía es tono, oración verbal de la vida..." (artículo "La poesía nueva de Norteamérica", París, 1929).Es importante constatar en esta singular definición de la poesía de Vallejo el alto contenido humano que tuvo su búsqueda de un nuevo lenguaje poético. En una entrevista que le hizo el crítico español Juan Larrea, que cito a continuación, es explícita esta aventura en las fronteras del idioma: "Quiero alcanzar la expresión pura, que hoy más que nunca la encuentro en los sustantivos y los verbos". Habría que decir que la experimentación en Vallejo no fue un acto de búsquedas de símbolos ni revelación de signos, sino un despertar en el océano de la imagen y la palabra, universo donde se agolpa intangible e indescifrable como una súbita revelación la poiesis. Recordemos que los griegos utilizaban la palabra "logos" para denotar un sistema de conocimiento; mas utilizaban la acepción "poiesis" cuando querían darle al conocimiento un sentido de creación. Vallejo vendría a ser el precursor en lengua española de esta poética del lenguaje y del conocimiento.

La ironía en su estética

Viendo Vallejo la inaccesibilidad del origen último de la poesía, que todo conocimiento es único e intransferible, a diferencia del sentido agresivo y mordaz, del sarcasmo y el humor socarrón que busca la risa fácil en la burla del otro, el escritor encontró en la ironía, desprovista de ostentosidad y mofa, la fórmula para ir enseñándonos, cual moderno y paternal Dante, las nuevas rutas de la creación literaria. Esa actitud de no tomarse demasiado en serio las cosas, a pesar de lo importante que eran, esa postura de autoironía de su ser atormentado, hacía de Vallejo un creador que podía desdoblar sus angustias en una segunda persona neutra aparentemente; pero que era muletilla técnica para expresar un humor tierno, entrañablemente humano. Como se lee en el verso final de su poema "En suma no poseo para expresar mi vida", cito: "César Vallejo, te odio con ternura". Esa ironía es un eje central de su obra; a su vez, como el elemento lúdico que atraviesa la mayoría de sus textos. Se ha pretendido etiquetar a Vallejo en una supuesta poética del dolor o una experimentación vacía. Pero el legado de Vallejo es grande y polisémico. César Abraham, el otro Vallejo, el audaz innovador de poesía, el del humor sutil y entrañable, el de un poeta, un hombre que amó la vida, es el que he pretendido apenas bosquejar. A partir de esa sabia y milenaria dialéctica en la que el sufrimiento y la felicidad son expresión de un mismo rostro perfecto y asimétrico, se trasluce una poética del conocimiento humano expresada evocativamente a través de la palabra como metáfora de la vida y la muerte. Por ello, acabaré parafraseando a Vallejo: la poesía, como la vida, percibe los grandes números del alma, las obscuras nebulosas de la vida, que residen en una tournure; en fin, en los imponderables del verbo.

3 comentarios:

Giovanni-Collazos dijo...

Gran artículo, Leo. Me gusta esta visión de Vallejo.

Se me hace entrañable, la persona y el poeta.

Abrazos!

Gio.

Leo Zelada Grajeda dijo...

Gracias Giovanni. Es darle una nueva mirada a la obra tan vasta e interesante del mejor poeta del siglo XX.

Un abrazo.

Lau! dijo...

Gracias por leer y por el comentario! Esa frase tiene toda la razón, y parece que cuando más aprendemos es cuando tenemos una mala experiencia...